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No es necesario saber volar en Ossadia, sin embargo, pocos conservan sus pies sobre el suelo. Son entonces amateurs del aire, kamikazes en un cielo de apenas quince centímetros de alto. Se chocan, sí. Se hacen daño, a veces. Pero esa especie de levitación los protege de asuntos mucho más peligrosos que el vértigo.
En Ossadia la mezquindad no existe: nadie es dueño ni de la tierra que pisa.
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